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Cristina Rivera Garza: Timbre

MX · · La Jornada

En sus orígenes allá en el 3 mil 500 aC, la escritura se convirtió en una tecnología capaz de destruir distancias. Unos cuantos signos inscritos en tablillas de barro habilitaron a los de nuestra especie a ponerse en contacto con otros lejos de su alcance, fuera de la esfera presencial, más allá de la memoria del individuo. En unos párrafos memorables de Against the Grain. A Deep History of the Earliest States (traducido por Antonio de Cabo, José Riello y Ricardo Dorado al español como: Contra el Estado: Una histor ia de las civilizaciones del próximo Oriente antiguo), James Scott habló de la escritura como una forma de extractivismo que volvió legible, y luego entonces controlable, una gran diversidad de sistemas de producción para aquellos en el poder. El Estado, aseguraba sucintamente, no fue más que una máquina de registros en sus comienzos. Las famosas tabletas de Uruk no contenían representaciones del lenguaje oral, sino listas de granos, de mano de obra, de impuestos. Podría decirse, sin demasiada exageración, que esa escritura pragmática, diseñada como un sistema de contabilidad para llevar inventarios de bienes, incluyendo población, tierra, ganado, y esclavos, retaba sobre todo la preeminencia cuerpo.